4 de agosto de 2001: la noche que nadie sabía que era la última

Hay fechas que se te graban sin que las busques. El 4 de agosto de 2001 es una de esas para cualquiera que haya crecido escuchando rock nacional, lo haya vivido esa noche en Córdoba o no. Ese día, en el estadio Chateau Carreras, Los Redondos tocaron ante 45 mil personas. Fue el show con entradas pagas más convocante en la historia de esa ciudad —ni Soda Stereo, ni Madonna, ni Paul McCartney años después llegaron a esa cifra—. Y nadie, ni la banda, ni la producción, ni los 45 mil que cantaron esa noche, sabía que estaba viendo el último recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

No hubo anuncio. No hubo despedida. El show terminó como terminaban todos: con la gente ronca, los micros volviendo de madrugada, la sensación de haber sido parte de algo enorme. Recién meses después, cuando la separación se hizo pública, esa noche se convirtió en otra cosa. Dejó de ser "un show más" y pasó a ser el final de una era, sin que nadie hubiera tenido la chance de despedirse a propósito.

Lo que me hace pensar esta fecha

Yo vengo de una familia y de un mundo donde el rock nacional no es un gusto musical, es una forma de estar parada en el mundo. Sumo, Los Piojos, los Redondos: esa música me acompañó en momentos que no tienen nada que ver con un escenario. Por eso cuando pienso en esta fecha no pienso solo en una banda que se separó. Pienso en algo más general: qué pasa cuando algo que amamos se termina.

Y ahí me di cuenta de algo que quiero compartir tal cual lo pensé, sin darle una vuelta más linda de la que tiene: hay finales que llegan de golpe, sin cartel, como el de los Redondos. Y hay finales que ves venir de lejos, que se van desgastando durante meses o años hasta que un día ya no hay nada que sostener. Ninguno de los dos duele menos. El que te agarra de sorpresa te deja con la sensación de que no llegaste a despedirte. El que ves venir te deja con la sensación de que lo intentaste todo y no alcanzó igual. Los dos son formas legítimas de perder algo que te importaba.

Lo que queda cuando algo se termina

Lo interesante —lo que a mí me sirve pensar, y por eso lo escribo— es que en ningún final se pierde todo. Cuando algo termina, no desaparece lo que fue mientras existió. De los Redondos quedaron los discos, las letras, las canciones que se siguen cantando en cada cumpleaños, en cada previa, en cada auto con la ventanilla baja. Quedó una identidad cultural que atravesó generaciones que ni siquiera habían nacido en 2001.

Con los vínculos pasa algo parecido, aunque cueste verlo en el momento. Lo que viviste con esa persona, lo que aprendiste, lo que sentiste, no se borra porque el vínculo se haya terminado. El final cierra una etapa, no borra lo que pasó en ella.

Esto que parece una reflexión personal tiene mucho que ver con por qué hago lo que hago. En Silver Moon serigrafío a mano, en mi propio taller, ropa con estampas de bandas argentinas y de arte clásico. Es uno de los pocos emprendimientos textiles argentinos que hace serigrafía artesanal propia, sin tercerizar el proceso ni el diseño. Y una de las razones por las que elijo el rock nacional como una de las columnas de lo que hago es exactamente esta: es una cultura hecha de finales, de rupturas, de bandas que se separaron y de artistas que ya no están, pero cuyo legado sigue vivo cada vez que alguien se pone una remera, canta un tema en la ducha, o le explica a alguien más joven por qué esa canción le importa tanto.

Por eso también me interesa la historia de las remeras de bandas como fenómeno cultural, no solo como producto: durante décadas fueron la forma más simple y más honesta de decir "esto soy yo" sin necesidad de explicarlo con palabras.

El rock nacional como algo que no se apaga

No es casualidad que las bandas de rock nacional generen esta clase de fanatismo que atraviesa el tiempo. Hay algo en esa música que habla de nosotros como sociedad, de nuestras contradicciones, de nuestra bronca y de nuestra alegría, todo junto. Por eso cuando estampo un diseño inspirado en una banda o en un cuadro, no lo pienso como "merchandising". Lo pienso como una forma de sostener algo que me importa y de dárselo a otra persona que también lo necesita sostener.

Cuando alguien se pone una prenda con una referencia a una banda que ama, no está usando una moda pasajera. Está llevando puesta una parte de su historia. Por eso en Silver Moon las calzas de rock nacional y las remeras de rock nacional en Argentina se hacen en talles reales: esa historia no le pertenece solo a un cuerpo posible, le pertenece a todos los cuerpos que la vivieron.

Una pregunta para vos

Cada 4 de agosto se reabre la misma discusión entre quienes escuchan rock nacional: ¿Los Redondos como banda, o el Indio Solari como solista? No hay una respuesta correcta, y probablemente cada quien tenga la suya según en qué momento de su vida haya llegado a esa música.

A mí me interesa mucho más la pregunta de fondo que esta fecha me deja: cuando algo que amás se termina, ¿qué elegís quedarte? Porque ahí, en esa elección, está lo que realmente te define.

 

Si esto te hizo acordar a algo o a alguien, contámelo. Y si querés llevar puesta alguna de esas historias que no se terminan, en el taller siempre hay algo cociéndose a mano.