El mundo del arte contemporáneo está de luto, pero sus luces siguen parpadeando más fuerte que nunca. A sus 97 años, en la ciudad de París, nos dejó físicamente Julio Le Parc. Se fue el hombre, pero se queda para siempre el revolucionario. Nacido en Mendoza en 1928, Le Parc no solo se convirtió en uno de los artistas argentinos más importantes de la historia, sino que hackeó las bases del arte internacional, cambiando para siempre la forma en que los seres humanos nos paramos frente a una obra.

​Si alguna vez entraste a una sala oscura llena de luces que se reflejan en el agua, móviles que giran con el viento o laberintos de espejos que deforman tu silueta, estuviste bajo el hechizo de Le Parc. Él fue el gran pionero del arte cinético (el arte que tiene movimiento real o aparente) y del Op-Art (arte óptico). Mientras el mundo tradicional decía que los cuadros solo se miraban de lejos y en silencio, Julio llegó para decir: "Prohibido no tocar".

​El arte como un juego de todos

​Para Le Parc, el arte elitista de los museos tradicionales no tenía sentido. Su obsesión siempre fue democratizar la experiencia artística. Quería que cualquier persona —un niño, un trabajador, alguien que jamás hubiera pisado una galería— pudiera conectar con su obra de inmediato. Por eso creó instalaciones interactivas, anteojos que distorsionaban la realidad y pisos inestables. Sus obras no necesitaban un manual de instrucciones ni una explicación intelectual; necesitaban un espectador activo que se riera, tocara y experimentara. Nos enseñó que la obra no está completa hasta que alguien la vive.

​En lo personal, en el 2022 tuve la suerte de ver algunas de sus obras en el museo MALBA y es algo que no se te olvida más. Ver de cerca cómo jugaba con los efectos ópticos, el color y la luz te vuela la cabeza; te desconecta del afuera por un rato y te invita a ser parte del cuadro. Es una experiencia completamente inmersiva que te despierta el lado más lúdico y creativo.

​Esa visión revolucionaria lo llevó a París en 1958, donde fundó el mítico Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV). Desde Europa, sus experimentos con pantallas ópticas, luces parpadeantes y secuencias de color empezaron a sacudir las estructuras de la época.

​Orgullo argentino en la cima del mundo

​El reconocimiento definitivo llegó en 1966, cuando se consagró con el Gran Premio de Pintura en la Bienal de Venecia, algo así como ganar el Mundial del arte. Fue un hito histórico que posicionó a la vanguardia argentina en el mapa global.

​Pero Le Parc nunca fue un artista de cristal. Su compromiso con la realidad social era enorme. De hecho, en 1968 fue expulsado brevemente de Francia por apoyar las revueltas obreras y estudiantiles del Mayo Francés. A pesar de vivir décadas en el exterior, jamás perdió su tonada mendocina, su calidez ni su vínculo estrecho con nuestro país, donde sus muestras siempre batieron récords de público.

​Un faro de inspiración

​Hoy despedimos a un verdadero gigante, pero su luz no se apaga. Su obra sigue siendo un recordatorio vibrante de que el arte es juego, es movimiento, es inclusión y es audacia. Julio Le Parc nos demostró que desde nuestro rincón del mundo se puede transformar la historia visual del planeta entero.

​Gracias, Maestro, por enseñarnos a mirar el mundo a través del movimiento y el color. Tu legado sigue vivo en cada rincón donde el arte se atreva a jugar.